La libertad y la democracia no son un derecho adquirido para siempre, sino una conquista que hay que defender en cada elección.

Mientras en México, Canadá y Estados Unidos resuena la fiesta del Mundial, en otras latitudes hay quienes luchan por la libertad, ansían la democracia y anhelan se les permita al menos el mínimo de derechos humanos . El contraste es brutal y merece ser dicho sin eufemismos: el fútbol mueve más dinero, más pasión y más portadas que el hambre, el desplazamiento, la libertad o la guerra. Eso no es una crítica al fútbol, que es fiesta, identidad y alegría legítima de los pueblos, sino una crítica a nuestra jerarquía de prioridades como civilización.

Y en Colombia, ese contraste se vuelve aún más doloroso esta semana. Miles de compatriotas viajan, gastan, gritan goles y visten la camiseta tricolor con un fervor admirable. Pero ese mismo fervor, ¿dónde está cuando se trata de decidir el rumbo del país? El próximo domingo se juega, literalmente, uno de los partidos más trascendentales de nuestra historia democrática reciente: la elección de un presidente. Y mientras unos se preparan para alentar a la Selección desde las gradas extranjeras, otros, demasiados, ni siquiera se preguntarán por quién o por qué votar, o decidirán no votar en absoluto.

Quiero ser claro: no le corresponde a esta reflexión decirle a nadie por quién votar. Pero sí le corresponde a cualquier ciudadano responsable recordarle a otro que no votar, o votar en blanco escudados en una supuesta superioridad intelectual, no es neutralidad: es renunciar al derecho más elemental que tenemos para decidir el país que les dejamos a nuestros hijos y nietos. El voto en blanco tiene su lugar cuando es una decisión informada y consciente; pero cuando se convierte en una forma cómoda de lavarse las manos, de no comprometerse, de mirar para otro lado mientras el país se juega su futuro, deja de ser una postura ética para convertirse en una evasión disfrazada de pureza.

La pregunta que debemos hacernos como colombianos no es si nos pondremos la camiseta de la Selección, eso ya lo sabemos hacer con orgullo. La pregunta es si nos pondremos la camiseta de la democracia con esa misma pasión. Porque un país no se construye solo gritando goles; se construye también yendo a votar, informándose, debatiendo con respeto y asumiendo que la libertad y la democracia no son un derecho adquirido para siempre, sino una conquista que hay que defender en cada elección.

Que el Mundial nos recuerde lo que somos capaces de sentir como pueblo. Y que ese mismo domingo nos recuerde lo que somos capaces de hacer como ciudadanos. Porque no hay gol más importante que el que metamos por nuestra libertad, ni camiseta más sagrada que la de una patria donde todos, sin excepción, podamos seguir decidiendo, en paz y en democracia, nuestro propio destino.

Firmes por la patria. Firmes por la libertad. Firmes por la familia, Firmes por Colombia. 


Omar A Bedoya 

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