Carta abierta al pueblo Colombiano
CARTA ABIERTA AL PUEBLO COLOMBIANO
En respuesta a las afirmaciones del señor Iván Cepeda sobre Antioquia
Antioquia., 15 de marzo de 2026
Estimados compatriotas,
Me dirijo a ustedes en ejercicio de la más legítima expresión que le cabe a un ciudadano libre en democracia: la verdad dicha con la frente en alto. Lo hago movido no por el odio, esa pasión que tan bien conocen quienes nos gobiernan o pretenden gobernarnos, sino por el amor profundo e irrenunciable que siento por esta tierra que me vio nacer y por este país al que le pertenezco.
Soy colombiano, y en esa identidad me crezco. Pero dentro de ese privilegio inmenso de llamarme colombiano, cargo con un orgullo mayor aún: nací en Antioquia. Y eso, señores, no me lo quita nadie.
I.
El señor Cepeda y su geografía del odio
El señor Iván Cepeda Castro, precandidato a la presidencia de Colombia, a quien muchos en este país conocen como el fiel heredero político e ideológico de las FARC ,ha tenido la osadía de señalar a Antioquia como la cuna del paramilitarismo y de la narcoeconomía. Palabras que no nacen del análisis honesto de un estadista, sino de la misma fuente envenenada de donde han brotado décadas de violencia ideológica contra los colombianos: el odio de clase disfrazado de justicia social.
Señor Cepeda: reducir a Antioquia a esas dos palabras no es análisis político. Es agravio. Es una calumnia que insulta a millones de colombianos trabajadores, honrados, emprendedores, que construyeron este país con las manos y con el alma mientras otros lo destruían con el fusil o con la tribuna.
¿Con qué autoridad moral un heredero político de quienes sembraron el terror en nuestros campos, secuestraron a nuestros hijos, volaron nuestros puentes y extorsionaron a nuestros campesinos, se atreve a señalar a Antioquia? ¿Desde qué pedestal levantado sobre el rencor y la sangre ajena se permite alguien como usted calificar a una tierra entera?
II.
Antioquia: la que Colombia no puede ni debe olvidar
Permítanme, compatriotas, hablarles de la Antioquia que yo conozco. No la que inventan políticos y populistas en Bogotá con rencor, sino la que se levanta al amanecer a ordeñar una vaca, a sembrar café, a coser una prenda, a tender un negocio en una esquina del barrio.
Antioquia es la cuna económica de Colombia. Sin Antioquia, este país no tendría la industria que tiene, ni las carreteras que tiene, ni el emprendimiento que intenta sostenerlo. Es tierra de la berraquera paisa, esa virtud intraducible que mezcla tenacidad, creatividad y dignidad, de hombres y mujeres que le han sacado el jugo a cada centímetro de montaña sin pedir limosna ni esperar que el Estado les resuelva la vida.
Es la tierra de héroes que forjaron la patria cuando todavía era un sueño: José María Córdova, el joven general que cayó con gloria antes de que la cobardía lo alcanzara; Atanasio Girardot, que clavó la bandera en lo más alto hasta el último aliento; Liborio Mejía, mártir de una libertad que sus asesinos jamás entendieron.
Es la tierra de Epifanio Mejía, poeta que le cantó a estas montañas con una ternura que ningún rencor ha podido marchitar. Es la tierra de Fernando Botero, quien le demostró al mundo que desde las entrañas de un pueblo se puede llegar a hablarle al alma de la humanidad entera. Es la tierra de Mariana Pajón y Rigoberto Urán, que treparon las cuestas más empinadas del mundo, en el agua y en la carretera, para decirle al universo que los antioqueños no tienen techo.
Y es la tierra de mi padre. Un campesino. Un hombre que nunca salió en ningún titular, que jamás pidió un reconocimiento, que trabajó la tierra con sus manos y nos enseñó que la dignidad no se hereda: se gana. Eso es Antioquia. Eso somos nosotros.
III.
El olor de nuestras montañas no lo contamina el odio
Nuestro Himno Antioqueño lo dice con palabras que no envejecen: somos un pueblo que nació libre y que libre seguirá siendo. Ese espíritu invencible, ese deseo de libertad que corre por nuestras venas como el agua por las quebradas, no será intoxicado por quienes pretenden, desde su putrefacto odio, contaminar el buen olor de nuestras montañas.
Nuestras montañas huelen a café y a tierra mojada, a trabajo honrado y a familia. Ese olor no lo borra ningún discurso de odio. Y haremos en democracia todo lo que necesitemos hacer para que nuestros hijos puedan nacer y crecer libres, aspirando esas olorosas esencias, creciendo en una tierra donde todo lo bueno puede ser posible.
Porque eso es lo que está en juego, colombianos. No es una elección más. Es la definición del tipo de país que le dejaremos a nuestros hijos.
IV.
Una advertencia para Colombia
Colombianos, abran los ojos. El señor Cepeda no es una promesa nueva. Es la misma canción de siempre: la del resentimiento convertido en proyecto político, la del odio de clase disfrazado de programa de gobierno. Quien cataloga a una región entera con el peor epíteto disponible no tiene vocación de gobernar para todos; tiene vocación de castigar a los que no piensan como él.
Si Gustavo Petro nos ha costado lo que nos ha costado: la destrucción de la institucionalidad, la pobreza agudizada, el descrédito internacional, la indignidad elevada a política de Estado, imaginen lo que representaría un gobierno cargado de aún más rencor, de aún más odio, de aún más sed de venganza histórica contra los colombianos que trabajan, emprenden y no le deben obediencia a ninguna ideología fracasada.
El señor Cepeda no llega a gobernar a Colombia. Llega a cobrársela. Y Antioquia sería la primera en pagar la factura.
No lo permita Colombia. No lo permitamos los antioqueños. No lo permitan quienes aún creen que este país puede ser mejor sin importar de dónde vengan.
Con el alma puesta en Colombia y el corazón clavado en Antioquia,
Un colombiano orgulloso de ser antioqueño
Hijo de campesino, heredero de montaña
Omar A Bedoya
"AL QUE PRETENDA GOBERNAR SEMBRANDO ODIO, LE RECORDAMOS: LAS MONTAÑAS ANTIOQUEÑAS LLEVAN SIGLOS EN PIE Y SEGUIRÁN DE PIE CUANDO EL ODIO YA NO TENGA NOMBRE."
¡Viva Colombia! ¡Viva Antioquia!
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