Antes de la Misión, el Fuego
Dios nunca improvisa a sus enviados. Los prepara. Y su método de preparación casi nunca se parece a lo que esperamos: no es un camino alfombrado sino una secuencia de pruebas que, vistas desde afuera, parecen obstáculos, y vistas desde adentro, con fe, resultan ser el taller donde se forja el carácter que la misión va a necesitar. Daniel lo entendió desde el primer momento. Tenía todo para ceder. Era joven, era extranjero, estaba en territorio enemigo, y el rey Nabucodonosor le ofrecía la mesa más suntuosa de Babilonia. Aceptar era lo sensato. Era lo seguro. Era lo que cualquiera hubiera hecho para sobrevivir. Pero Daniel “propuso en su corazón no contaminarse” (Dn 1,8). No en voz alta. No con discurso. Primero fue una decisión interior, silenciosa y firme, y solo después fue un acto visible. El primer campo de batalla de toda gran misión no es el mundo exterior. Es el corazón propio. Quien no aprende a decir no a lo que seduce, nunca podrá decir sí a lo que importa. Daniel ...