El Regreso
Tres años no son poca cosa. Tres años de silencio en las piernas, de mirar las zapatillas guardadas, de extrañar el ritmo del propio cuerpo en movimiento. Tres años cargando un dolor que no pide permiso, que cambia los planes, que obliga a parar cuando el alma quiere seguir corriendo.
Pero el alma, cuando es verdadera, no olvida su camino.
Hoy volví. No con la velocidad de antes, no con la ligereza de otros tiempos. Volví más despacio, con el cuerpo que tengo hoy —no el de hace tres años— y con algo que antes quizás no valoraba tanto: la conciencia de cada paso.
Llegué al lugar de la Virgen. Ese lugar que tantas veces pasé con enorme facilidad, casi sin pensarlo, como quien cruza un umbral conocido. Esta vez me costó. El cuerpo avisó, la columna me recordó su historia, el cansancio llegó antes. Pero llegué. Y en ese llegar despacio, con esfuerzo, con determinación, descubrí algo que el atletismo fácil no me había enseñado: que el verdadero mérito no está en la velocidad, sino en la decisión de no rendirse.
Y no estuve solo. Liliana y María José me acompañaron con su enorme cariño y su inmenso amor, pusieron en mis manos pantaloneta, camiseta y tenis, más que ropa, pusieron fe. Me recordaron que valía la pena intentarlo, que yo valía la pena. Ese gesto pequeño fue combustible enorme. El amor, cuando es concreto, mueve montañas. Y también mueve piernas que llevan tres años quietas.
A quien hoy carga un límite, una pausa forzada, una pasión apagada por las circunstancias: no estás terminado. Estás en pausa. Y las pausas no son finales; son respiraciones profundas antes del siguiente movimiento.
No se trata de volver a ser quien eras: se trata de descubrir, en el regreso, quién eres capaz de ser hoy.
Con amor y gratitud, Omar
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