La Gracia de No Quedarse en el Suelo

Hoy Colombia lloró. En Vancouver, el penal de Dávinson Sánchez se estrelló en el travesaño, el disparo de Rubén Vargas cruzó el arco, y la Tricolor quedó eliminada del Mundial en penales. Luis Díaz se desplomó sobre el césped. Un pueblo entero sintió que algo se rompía por dentro.

Conozco ese sentimiento. No solo en el fútbol. Lo conozco en la familia que se fractura, en el proyecto que no prospera, en la vocación que cambia de rumbo, en el país que parece no encontrar su camino. Todos hemos tenido nuestro Vancouver. Todos hemos sentido ese penal que se va al palo.

Y la pregunta que importa no es por qué caímos. La pregunta es qué hacemos con el suelo.

La teología llama adaptación edénica a algo que Dios sembró en nosotros desde el principio: la capacidad de transformar el entorno adverso en lugar de crecimiento. Cuando Adán y Eva salieron del jardín, no salieron vacíos. Llevaron dentro la semilla de todo lo que podían construir. La expulsión no fue el final de la historia; fue el comienzo de otra más exigente y más real. Y Dios mismo, antes de que partieran, les proveyó lo que necesitaban para el frío (Gn 3,21). Nunca los abandonó en el suelo.

Eso mismo ocurre hoy con Colombia. Una selección que llegó invicta a los octavos, que ganó tres partidos, que dejó el alma en cada minuto de esos 120 que no alcanzaron. Esa entrega no desaparece por un penal fallado. Lo que se construyó en este Mundial —la dignidad, el coraje, la esperanza de un pueblo— no lo borra ningún marcador.

Y aquí está el puente hacia lo que somos como personas, como familias, como sociedad: los momentos de quiebre no nos definen por el golpe que recibimos, sino por la decisión que tomamos después. San Pablo lo escribió desde la prisión —no desde el triunfo— y por eso sus palabras tienen el peso que tienen: “Todo lo puedo en Aquel que me fortalece” (Flp 4,13). La fe verdadera no es la que se proclama en la victoria; es la que se sostiene en la derrota.

Una familia que atraviesa una crisis puede paralizarse en el dolor, o puede, como el hijo pródigo, entrar en sí misma y decidir levantarse (Lc 15,17). Un país que pierde puede hundirse en el resentimiento, o puede usar esa misma energía para reformularse con más verdad y más humildad. Un alma que fracasa puede cerrarse sobre su herida, o puede descubrir —como Job desde el abismo— que el Redentor vive incluso cuando el marcador dice lo contrario (Job 19,25).

La adaptación edénica no es optimismo fácil. Es algo mucho más serio: es la convicción de que Dios no trabaja solo en los jardines florecidos. Trabaja, especialmente, en los yermos. En la noche oscura del alma, como la llamaba San Juan de la Cruz, Dios no está ausente: está tan cerca que aún no sabemos reconocerlo. El fracaso bien asumido es uno de los maestros más honestos que existen, porque nos despoja de la ilusión de que somos suficientes por nosotros mismos, y nos devuelve a lo único que nunca falla.

Colombia, levántate. Familia, levántate. Alma, levántate.

El suelo no es tu morada.


Dios no construye sus obras maestras en los momentos de gloria: las construye en quienes, habiendo caído, deciden levantarse una vez más.


Omar A. Bedoya G

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