Cuando el Orgullo se Viste de Tradición


Reflexión teológica sobre el nuevo cisma de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X


Hoy, 1 de julio de 2026, en la pradera de Écône, Suiza, el mismo lugar donde todo comenzó hace treinta y ocho años, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha consumado un acto que el propio Papa León XIV calificó sin ambigüedad como “cismático”: la consagración de cuatro obispos sin mandato pontificio. Sus nombres: Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier. Presentes como consagrantes: Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay, los dos únicos obispos supervivientes de la ordenación ilícita que Marcel Lefebvre realizó en ese mismo lugar en 1988.

La historia se repite. Y en su repetición, se revela.


El origen de una herida que no cierra.


La Fraternidad fue fundada el 1 de noviembre de 1970 por el arzobispo francés Marcel Lefebvre en Écône, Suiza, como reacción al Concilio Vaticano II y sus reformas, especialmente el uso de la lengua vernácula en la misa. Lo que nació como resistencia litúrgica fue derivando, paso a paso, en algo mucho más grave: la sustitución del juicio personal por la autoridad del Sucesor de Pedro.

Juan Pablo II ya excomulgó a Lefebvre y a los cuatro obispos que ordenó en 1988 sin su beneplácito, mientras que Benedicto XVI en 2009 levantó la excomunión, aunque la Fraternidad continuó su pulso con la Iglesia. La misericordia de Benedicto fue respondida no con humildad, sino con más exigencias. Y hoy, la historia vuelve a su punto de partida.


La trampa del argumento teológico


La Fraternidad defiende que una consagración episcopal sin mandato pontificio no supone ruptura de la comunión si no va acompañada de intención cismática ni de la asunción de jurisdicción, una tesis que choca frontalmente con la interpretación mantenida por la Santa Sede.


Este argumento es tan antiguo como los cismas mismos: negar con las palabras lo que se afirma con los hechos. Pero la Iglesia no juzga intenciones ocultas; juzga actos públicos. Y el Código de Derecho Canónico es diáfano en el canon 1382: quien consagra un obispo sin mandato pontificio incurre en excomunión latae sententiae. No hace falta decreto. El acto mismo lo produce.


El Señor lo advirtió con una claridad que ninguna sutileza teológica puede disolver: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha; y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza” (Lc 10,16). No hay forma de amar a Cristo y despreciar simultáneamente a quien Él constituyó como cabeza visible de su Iglesia.


El ego disfrazado de fidelidad


El superior general de la FSSPX, Davide Pagliarani, aseguró en su homilía en Écône que pagarían cualquier precio para servir a la Iglesia. La frase es elocuente en su paradoja: se afirma servir a la Iglesia mediante un acto que la Iglesia misma llama cisma. Se invoca el amor a la tradición para romper con la estructura que sostiene esa tradición desde los Apóstoles.


San Agustín, que conoció el cisma donatista desde dentro, escribió con precisión quirúrgica: “Quien no tiene a la Iglesia por madre, no puede tener a Dios por padre” (De baptismo, IV, 17). Y San Cipriano, siglos antes, fue aún más directo: “No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre” (De unitate Ecclesiae, 6). La unidad no es un adorno opcional de la fe; es su condición de posibilidad.


Lo que ocurre en Écône hoy no es fidelidad a la tradición. Es confusión entre tradición viva, que siempre fluye en comunión con Pedro, y tradicionalismo rígido, que convierte el rito en ídolo y el gusto personal en magisterio. El Concilio Vaticano II lo expresó con sobriedad en Lumen Gentium 22: “El colegio episcopal no tiene autoridad si no se le considera junto con el Romano Pontífice.” No hay episcopado auténtico fuera de esa comunión. No hay Iglesia sin Pedro.


El Papa León XIV, en su carta del 29 de junio, exhortó a los lefebvrianos a considerar atentamente el bien espiritual de sus fieles, advirtiéndoles de que el acto cismático que cometerían los privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida, de los sacramentos que aman y buscan para su santificación. Una voz paterna, clara, urgente. Fue ignorada.


Ahí reside la tragedia más honda: no en el desacuerdo teológico, que puede dialogarse, sino en la sordera voluntaria ante la voz del Pastor. Esa sordera tiene nombre en la teología moral: soberbia. Y la soberbia, cuando se reviste de latín y de incienso, es más peligrosa aún, porque se hace irreconocible.


El pueblo de Dios merece claridad: quien hoy sigue a la FSSPX en este acto, sigue a una comunidad que ha elegido su propia voz por encima de la voz de la Iglesia. Los sacramentos que reciba en ese contexto quedan en situación canónica gravemente irregular. No es un juicio de almas; es una constatación eclesial.


Nosotros, fieles a la única Iglesia que fundó el Señor, permanecemos donde siempre: con el Papa, con los obispos en comunión con él, con el magisterio vivo que el Espíritu Santo sostiene a través de los siglos. No por comodidad, ni por ignorancia, sino por convicción teológica y amor genuino a Cristo.


La tradición verdadera no se protege rompiendo con quien la transmite; se vive obedeciendo, con humildad, a la Iglesia que el Señor prometió no abandonar jamás.


Omar A. Bedoya G. 

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