Cuando el Agua nos Llama a Caminar
Hay un instante en la vida de Pedro que resume la experiencia humana más honda: el momento en que, sintiendo la voz de Jesús llamándolo, se atreve a bajar de la barca. No hay nada más “verraco”, como bien se dice, que abandonar la seguridad de la madera bajo los pies cuando se sabe, con toda certeza, que lo que espera es agua. Y, sin embargo, Pedro salta.
Todos hemos tenido nuestra barca. Ese lugar conocido, cómodo, donde otros se quedan resguardados mientras nosotros decidimos intentar lo imposible. El médico que se atreve a innovar un tratamiento, la madre que decide reinventar su vida a los cuarenta, el estudiante que cambia de carrera contra todo consejo, el emprendedor que apuesta su capital y su nombre, el que debe cambar de status y profesión. Todos ellos conocen ese instante exacto en que los pies dejan la madera y tocan el vacío.
Y entonces llega el viento. La duda no es teórica: es una fuerza real que golpea el rostro y hace tambalear la fe.
Ahí es cuando Pedro, como cualquiera de nosotros, empieza a hundirse. Y lo más doloroso no es el agua que entra en los pulmones, sino las miradas: las de quienes se quedaron en la barca y ahora juzgan desde la comodidad de no haber arriesgado nada, y las de quienes, desde tierra firme, observan el naufragio casi con deleite. Séneca lo advirtió hace siglos: “No es que no nos atrevamos porque las cosas son difíciles, son difíciles porque no nos atrevemos.” El riesgo de intentarlo siempre parecerá mayor a quien nunca lo intentó.
Pero en medio del hundimiento ocurre el milagro silencioso: alguien mira. Y ese alguien confía. Jesús no reprende primero, extiende la mano primero. Como escribió Viktor Frankl tras sobrevivir lo indecible: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.” Ese porqué, muchas veces, no lo construimos solos: nos lo presta la mirada de quien cree en nosotros cuando ya ni nosotros creemos en nosotros mismos.
Nelson Mandela, que conoció su propio mar embravecido durante veintisiete años, dejó una certeza que ilumina este pasaje: “No soy libre por no tener cadenas, sino por vivir de forma que respete la libertad de otros”, y añadía en otro momento que la mayor gloria no está en no caer nunca, sino en levantarse cada vez que caemos. Pedro se hundió, sí. Pero también fue el único de los doce que caminó, aunque fuesen unos pasos, sobre lo imposible.
Hoy, si usted: médico, maestro, albañil, madre, padre, estudiante, empresario, sacerdote, pastor, siente que el viento arrecia y que el agua le llega al cuello, recuerde que no está solo en el mar. Alguien ya extendió la mano hacia usted antes de que gritara auxilio. La barca sigue allí, pero usted ya no es el mismo: ya sabe caminar sobre lo que antes temía.
No se trata de no hundirse nunca; se trata de saber a quién mirar cuando el agua sube.
Omar.
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