Si Antioquia resiste, Colombia se salva

 Esta mañana, Antioquia amaneció bajo ataque. No es una metáfora. Son las palabras exactas del gobernador Andrés Julián Rendón: "Amanecimos con una arremetida de los amigos del crimen, de las movilizaciones y de la política de Gustavo Petro. Pero aquí estamos, no nos vamos a doblegar."

Y así es. Mientras los antioqueños madrugaban a trabajar, cerca de 500 indígenas, varios de ellos encapuchados, armados con machetes y bastones, con niños y mujeres usados como escudo humano, bloquearon los accesos al Centro Administrativo La Alpujarra en Medellín: la sede de la Gobernación de Antioquia, la Alcaldía de Medellín, el Palacio de Justicia, el Concejo, la Asamblea Departamental. El corazón institucional de Antioquia, paralizado al amanecer.

 

¿Quién dio la orden?

Pero hay algo que hiela la sangre más que el bloqueo mismo. Cuando un periodista le preguntó a uno de los participantes por qué estaba allí y cuál era el motivo de la protesta, la respuesta fue tan reveladora como perturbadora:

"No nos han dicho nada, estamos cumpliendo órdenes."

Ese hombre ni siquiera sabía por qué estaba en Medellín. Había llegado desde Tierralta, Córdoba, no desde Antioquia, a cumplir una orden que alguien más dio. La pregunta que todo colombiano honesto debe hacerse es inevitable: ¿quién dio la orden?

El alcalde Federico Gutiérrez no tardó en señalar lo que muchos ya veíamos: el traslado en 16 buses, con un costo estimado de 12 millones de pesos cada uno, más la alimentación para cientos de personas, sugiere un respaldo económico que no es gratuito. Nada de eso se organiza solo. Nada de eso se financia con buenas intenciones. Gutiérrez fue claro: todo esto ocurre justo cuando empiezan los ataques contra Antioquia de un sector político específico. Casualidad, dirán algunos. Operación, diremos quienes tenemos ojos para ver.

 

 

 

Las exigencias no resisten el análisis.

Las peticiones de la minga no resisten el más mínimo análisis serio. El gobernador Rendón lo explicó con claridad: el conflicto de fondo es que los nuevos líderes indígenas quieren reemplazar a los docentes nombrados por la administración anterior por otros afines a su facción política. Docentes que llevan un año nombrados, que los niños necesitan, que la Gobernación designó siguiendo los procesos legales. Mientras tanto, en varios resguardos los estudiantes llevan semanas sin clases porque no se permite el ingreso a esos maestros, y en consecuencia tampoco reciben el programa de alimentación escolar.

Paradójico: una minga supuestamente "por los derechos de los niños" que deja a los niños sin comer y sin estudiar. Y para coronarlo, cerca de 180 menores fueron traídos al bloqueo, expuestos, instrumentalizados, usados como ficha de presión política. El alcalde Gutiérrez expresó con firmeza su preocupación por esa irresponsabilidad. Uno se pregunta dónde está el Estado para proteger a esos niños, y la respuesta que toca darse, por dura que sea,  es que ese Estado está en otra parte, mirando para otro lado, ocupado en otros intereses.

 

 

 

El libreto es conocido.

No es coincidencia que todo esto ocurra días después de que el señor Iván Cepeda —el heredero político de las FARC que pretende llegar a la presidencia— señalara a Antioquia como la cuna del paramilitarismo y la narcoeconomía. El libreto es viejo y conocido: primero el discurso que estigmatiza y envenena, luego la acción que desestabiliza. Primero la palabra que hiere la dignidad de un pueblo, luego la minga que bloquea sus instituciones. Antioquia como blanco. Antioquia como enemigo a doblegar. Antioquia como territorio a conquistar para quienes nunca han podido con su espíritu libre.

Detrás de un encapuchado no hay un hombre pidiendo derechos: hay alguien dañando los derechos de otros. Y detrás de esta minga no hay una causa justa espontánea: hay una agenda política financiada, organizada y dirigida contra una región que se niega a arrodillarse.

 

 

 

Pero Antioquia no se dobla.

Como lo dijo el gobernador Rendón con la firmeza que lo caracteriza: "Les fastidia mucho que nosotros no nos doblegamos, que ante los agravios respondemos con trabajo, con tesón, con fuerza." Y el pueblo antioqueño lo sabe, lo respalda y lo defiende. Porque aquí no gobiernan los encapuchados ni los que cumplen órdenes sin saber de quién. Aquí manda la democracia, la institucionalidad y el trabajo honrado.

Colombia debe entender lo que está pasando. Antioquia no es solo un departamento: es el motor, la columna vertebral, la reserva moral de esta nación. Cuando atacan a Antioquia, atacan a Colombia entera. Y cuando Antioquia resiste, con sus gobernantes firmes, con su pueblo unido, con su berraquera intacta, le está dando a Colombia la oportunidad de salvarse.

 

SI ANTIOQUIA RESISTE, COLOMBIA SE SALVA. Y ANTIOQUIA SIEMPRE RESISTE.

 

 

OmarA Bedoya

Antioquia, 16 de marzo de 2026

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