El año de la promesa

 



Hay momentos en la vida donde el alma reconoce que ha llegado la hora de entregarse. No por debilidad, sino por sabiduría. Ahora, cuando hemos  dado ya los primeros pasos de este nuevo año, confirmamos nuestra decisión de poner nuestra existencia en las manos de Dios, con la certeza que esas manos nunca dejan caer lo que sostienen con amor.


“Con Dios, lo imposible se convierte en inevitable”, susurra el viento de la mañana. Y es verdad. Cuando miramos atrás, vemos desiertos que parecían eternos, montañas que lucían infranqueables, noches que amenazaban con no terminar jamás. Sin embargo, aquí estamos. De pie. Respirando. Creyendo.


Estos primeros días del año no son casualidad; son confirmación que la tierra prometida de nuestros sueños ya comenzó a manifestarse. Como escribió Rumi: “Lo que buscas te está buscando”. Y yo añado: lo que Dios promete, Dios lo cumple. No en nuestro tiempo, sino en Su tiempo perfecto.


Seremos bendecidos, sí, pero no como el mundo bendice con palabras huecas. Seremos bendecidos con la moneda más valiosa del universo: la paz que sobrepasa todo entendimiento. Seremos restaurados, no como quien repara algo roto, sino como quien renace desde las cenizas convertido en luz radiante. “La restauración no es volver a ser quien eras; es convertirte en quien siempre debiste ser”.


Viviremos la magia del amor. Esa magia que no se compra ni se fabrica, sino que se descubre en la risa compartida, en el abrazo que cura, en la palabra que eleva. El amor verdadero es el único milagro que se multiplica cuando se reparte. Gandhi lo sabía: “Donde hay amor, hay vida”. Y donde hay vida en abundancia, allí está Dios respirando entre nosotros.


Nuestra familia —ese pequeño universo sagrado donde aprendemos a amar como Cristo nos amó— se llenará de alegría genuina. No la alegría artificial de las sonrisas forzadas, sino aquella que brota desde el manantial interior cuando sabemos que estamos exactamente donde debemos estar. La salud fluirá por nuestras venas como río de gracia, y el bienestar abrazará cada rincón de nuestro hogar. Porque una familia que ora unida, permanece unida en los brazos del Padre.


Nuestro trabajo —ese don que Dios nos regaló para servir y prosperar— será terreno fértil donde sembraremos excelencia y cosecharemos frutos abundantes. Cada proyecto será una oración en acción, cada tarea una ofrenda de nuestro talento. Porque cuando trabajamos con propósito divino, nuestras manos se convierten en instrumentos de la Providencia. “Cualquiera que sea tu trabajo, hazlo con todo tu corazón, como para el Señor”, nos recuerda la Escritura.


“No temas al futuro; quien camina con Dios nunca camina solo”. Esta es mi nueva oración, mi nuevo credo. Porque he comprendido que entregar no es rendirse; es confiar. Y confiar es el acto más valiente que existe.


Así que levanto mi corazón al amanecer de estos primeros días. Doy gracias por las promesas que se materializarán, por los milagros que ya están en camino, por la versión más elevada de nosotros mismos que está a punto de emerger. Con Dios de la mano, nuestra familia en el corazón y nuestro trabajo como misión, todo —absolutamente todo— es posible.


Y la tierra prometida no está lejos. Está aquí, en cada paso que damos con fe. En cada palabra que pronunciamos con gratitud. En cada latido que celebra el regalo de estar vivos.


“Que este año sea el testimonio viviente de que cuando Dios promete, la fe trabaja y la familia ama, no hay montaña que no se mueva ni sueño que no se alcance.”

Comentarios

Entradas más populares de este blog

LOS ZAPATOS GASTADOS DEL PAPA FRANCISCO

Huellas eternas: un homenaje a DINA

El primer amanecer sin ella 🐕