Llegará un día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán estos días extraños en los que la honestidad más simple era calificada de coraje.
A través de las redes sociales se hace viral aquel joven desempleado que al encontrase una buena cantidad de dinero no se le ocurre algo distinto que devolver a su propietario descuidado u olvidadizo el dinero que le correspondía o el taxista que busca al pasajero que olvidó el paquete con 10 millones de pesos...esto en realidad tendría que ser normal en una sociedad normal donde la honestidad sea un valor normal. Ayer, al escuchar las grabaciones en las que se compromete al exgerente de la campaña política 2010 y 2014 Roberto Prieto con Juan Manuel Santos y otros integrantes del cartel presidencial por corrupción de Odebrecht me llena de una inmensa preocupación. La preocupación no es por el comportamiento sesgado de estos delincuentes sino por la actitud impasible y hasta cómplice de un sistema judicial, de una clase política y de una sociedad que se acostumbra a vivir en medio de este repugnante y nauseabundo comportamiento moral. Parece ser que la deshonestidad no hay...