Los mercaderes de la palabra
Hay quienes suben al púlpito como quien asciende a un trono y desde allí lanzan palabras que no buscan el alma sino el aplauso. Son oradores del vacío que confunden el estruendo con la verdad, pregoneros de sí mismos disfrazados de mensajeros del Altísimo.
Cuando el discurso se vuelve más grande que el misterio, cuando la elocuencia pretende mejorar lo que Dios ya tejió perfecto, estamos ante la soberbia vestida de pastor, ante el orgullo que usurpa el sitial de la humildad.
Estos son los que encandilan en lugar de iluminar, los que arrojan luz tan violenta que ciega en vez de guiar. Fuegos artificiales en la noche del espíritu que dejan a las almas más oscuras que antes: deslumbradas pero no transformadas, entretenidas pero no salvadas.
Son mercaderes de la fe, rematadores de lo sagrado, que convierten los sacramentos en transacciones, la gracia en mercancía, el templo en teatro de sus vanidades. Venden lo que no les pertenece, negocian con monedas que no acuñaron y cobran entrada al reino que es gratuito.
Se creen superiores a quienes escuchan, guardianes exclusivos de una gracia que no comprenden, dueños de llaves que jamás forjaron. Miden santidades con varas torcidas, juzgan corazones desde pedestales de barro y olvidan que el primero entre todos debe ser servidor de todos.
Son obstáculos de santidad disfrazados de guías, muros que se interponen entre el sediento y el manantial, filtros que ensucian el agua pura, espejos opacos donde Dios no puede reflejarse.
La Palabra verdadera no necesita ornamentos, la luz auténtica no hiere los ojos sino que los sana, y quien realmente ha tocado lo divino regresa mudo de asombro, no henchido de certezas.
El verdadero profeta tiembla ante lo que anuncia. El auténtico maestro se empequeñece frente al misterio. Y quien verdaderamente conoce la gracia sabe que es mendigo, no banquero de lo eterno.
Que tiemble quien convierte el altar en escenario, quien cambia el pan de vida por monedas de vanidad, quien apaga estrellas mientras presume encender candelas.
Porque llegará el día —y ya está aquí— en que la simplicidad vencerá a la grandilocuencia, el silencio desenmascarará al ruido, y quedará desnudo quien se vistió con plumas ajenas.
Hay quienes hablan demasiado de Dios, y no lo han escuchado nunca.
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