EL GENERAL SI TIENE QUIEN LE ESCRIBA

El General Díaz Tole (Diástole) no sabía que la Leyenda le daría lo que la Historia le estaba negando. Había edificado su patria en un lugar aséptico, mullido, al pie de su almohada; allí el tráfico de sus sueños no pagaba arancel, y sus pesadillas siempre terminaban en un alivio sudoroso y risueño.
Lo que para cualquier mortal resultaba una suma de tácticas, para el General Diástole era un salto cuántico urdido en el horizonte de los acontecimientos. Por esa razón optó por llevar una bitácora para anotar en sus páginas todos esos episodios oníricos, no sea que se extraviasen en el olvido y se perdiesen para la Historia, que él soñaba heroica. 
Dado que eran episodios infrecuentes, en nada similares entre sí, no se puede decir que era un Diario romántico; no obstante, registraba la fecha de cada sueño, con los sucesos y contrastes de sus campañas. Por una inspiración tardía comenzó a dejar ahi mismo unos memorandos con instrucciones para sus oficiales, con la esperanza de que se diera una continuidad del episodio adverso soñado, ya corregido. Pero no lograba ese consuelo pretérito en un futuro incierto y no planeable en las brumas del tiempo real.
De su otra vida, la que ocurría en la vigilia, nada anotaba por el hecho de ser lacayo de la obediencia ciega y gerente de las órdenes superiores volcadas sobre sus oficiales y soldados. 
Soñó la batalla de las Termópilas y dejó instrucciones para rendirse al enemigo y no morir allí asaetado, para buscar luego el modo de matar a Jerjes, ya infiltrado en su Corte.
Soñó la batalla de Farsalia, enfrentado a César, y dejó instrucciones para desbaratar las cuatro cohortes que malograron su caballería y la pusieron en fuga; se proponía formar un duunvirato con su enemigo para sojuzgar a Roma y ponerla al servicio de ambos.
Soñó la batalla de Hastings donde su breve ejército fue arrollado por la tormenta normanda, y dejó instrucciones para amistarse con Guillermo el Bastardo y entrar a la Corte en calidad de consejero, único modo de proteger al pueblo sajón, ahora tributario en su propio suelo. 
Soñó la batalla de Boyacá para perderla frente al Libertador, y dejó una amarga memoria dirigida al rey español pidiendo el fin de la guerra injusta que lo trajo a este país bárbaro, donde los niños hacen prisioneros a oficiales coloniales, cubiertos de gloria en Europa.
Soñó la batalla de Ayacucho y vio horrorizado cómo un jovenzuelo granadino se bajó del caballo y subió la falda del Cundurcunca al frente de la infantería patriota, y puso en fuga a su ejército. Pidió en una carta a la oficialidad peruana que invirtieran las posiciones iniciales y se apostaran en la parte baja del cerro.
Soñó la batalla de Palonegro, en la fase final del último día, para verse rodeado de macheteros que iban a destazarlo sin piedad. Dejó instrucciones para el Estado Mayor rebelde, de concentrar primero las guerrillas liberales antes de atacar, tal  como se había hecho en Peralonso, donde ganó; en lugar de irlas metiendo en la lucha a medida que iban llegando.
De todas las hazañas épicas del General Diástole registradas en la bitácora, la más notable fue un asalto a un pequeño poblado del Llano que fue arrasado y masacrados sus habitantes, sin saberse nada de los autores, y sin consignarninguna instrucción a posteriori; de donde se infiere que fue una fantasía suya previa al descalabro final de su mente enloquecida.
El día que perdió la razón, el General Diástole despertó en su casa fiscal, con una mirada atónita, repitiendo en susurros que le trajeran las cartas de sus soldados porque los oficiales se habían pasado al enemigo; repetía esa demanda sin fatigarse y no conciliaba el sueño. El equipo médico que lo atendía decidió pedirles a los soldados lisiados del ejército que hicieran cartas dirigidas al General Diástole, describiendo cada cual sus lesiones, en agradecimiento por su gesta gloriosa de no tener ningún oficial lisiado entre ellos, porque efectivamente habían abandonado a su patria, recibiendo por ello un precio muy bajo. Le trajeron una tula rebosada de cartas y se las fueron leyendo una a una hasta que fue cayendo en un hondo sopor, del cual no pudo regresar. 
TULIO MNOTES MADRID
Noviembre 25 de 2014  
            

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